Dos dedos se le habían rebanado por su
inconsistencia y la vida que le resbalaba desde los orificios comenzaba a
obnubilarle la cordura. Antes de eso, pero después de la liberación prima de la
bestia, procedió remangándose e incorporándose después de la última embestida
que le ocasionó una preocupación fuera de lo común para ella, pues ya estaba
dejando de racionar un segmento de su intelecto, y por consecuente, de su
concentración, hacia sus esfuerzos metódicamente ensayados en sus años
escolares. Tan pronto como se remangó, sintió un escalofrío que le erizó la
piel y comenzó a entrar en pánico; sin embargo, logró traslapar su adrenalina
con su visión —eso lo aprendió en las lecciones para cazadores principiantes
que encontró en varios libros que hurtaba de la biblioteca de su padre cuando
era pequeña— y encontró unos frágiles ductos palpitantes en el lado izquierdo
del grueso cuello de la bestia anteriormente mencionada, tenía cuatro patas
musculosas y vigorosas, tres cuernos milenarios, uno de ellos salía de la parte
superior de la cabeza y se enroscaba para cubrir la nariz espantosa que escondía
un hocico demoledor de criaturas igual de aterrorizantes, los otros dos nacían
por debajo de las orejas, estaban conectados directamente con el cráneo interior
de esa bestia y se doblaban para dar dos vueltas de caracol y morir apuntando
hacía enfrente.
—Serás mi presa el
día de hoy —musitó entre dientes.
Traspuso la visión adrenalizada hacia las
yemas de sus dedos y sintió carnalmente el flux de sangre que apremiaba
inconsolablemente dentro de las venas de aquel bruto como si fuera el aire que se
aventuraba casualmente por aquel llano desierto. Ahora se sentía conectada con
la bestia y eso la ayudó para apartar un poco de la confusión anterior.
Parpadeó tres veces
para espantar la neblina invisible y levantó el brazo derecho con la palma
apuntando a los cielos, el ágil movimiento regresó las mangas a lo alto de su
muñeca para recaer a la altura del codo, comenzó a evocar una seguridad
reconfortante que recorrió desde la punta de sus dedos hasta su pecho, pasando
por todo el brazo derecho, el hombro mal herido de los cuernos puntiagudos de
la bestia y sus pulmones que agradecieron el ritual. Al mismo tiempo que empujaba
hacia el dedo índice y el pulgar de la mano izquierda esa energía que bebía su
palma derecha, trazó en el aire un semicírculo con el brazo izquierdo, cerró el
puño derecho para evitar un derrame innecesario y juntó los dedos índice y el
pulgar mientras arrastraba el destino de su mano izquierda hacia el suelo, todo
en ese orden; inmediatamente después, escuchó el aire romperse frente a ella
mientras se alejaba el sonido ocasionado por sus dedos cada vez más hacia la
faz de la bestia. Y cuando su rostro comenzaba a mostrar lo que parecía ser una
sonrisa triunfante, la bestia multiplicó su potencia y moviendo su torpe
cabeza, arremetió el sonido estrepitoso con sus cuernos, lo que desvió todo el
conjunto de regreso.
Sólo pudo reprimir
el fragor del quiebre del aire con otro sonido aun más alarmante, los gritos
que explotaban junto con la sangre que derramaba su puño. Dos dedos, cayendo,
llorando rojo y ella en el suelo apretando el puño derecho que emanaba un olor
a gardenia enmohecida; la bestia apremiaba el paso y ya estaba a menos de diez
metros, portaba una rabia altanera en los ojos que ya la perforaban en señal de
guerra impávida. Cerró la boca y abusó de su último recurso, una urgencia que
portaban todos los que se le asemejaban de nacimiento. Sintió en su corazón una
carga ostentosa, como si le hubiesen puesto acero a sus ropas y mercurio entrase
por su ventrículo izquierdo en lugar de hemoglobina.
—Iren sancta magna… —murmuró por fin y
sus cabellos comenzaron a flotar en una repulsión electromagnética proveniente
de la tierra misma, del aire circundante, del movimiento en sus órganos, de su
sangre reptante, de la radiación universal, incluso de los retortijones
eléctricos de su cerebro. La pesadumbre era insoslayable. Ella ya no tenía
control de sus pensamientos o de sus acciones, entonces su pierna izquierda se
implantó firmemente en la tierra que le respondió con una delicada envoltura de
polvo, se irguió enseguida y encapsuló sus dedos retorcidos en una burbuja de
energía misma que los elevó y los mantuvo cerca de su hombro izquierdo; con la
pierna derecha pateó la tierra suelta y ya algo mojada en una moción circular,
lo hizo mientras la bestia recogía su inmensa cabeza en preparación de la
arrolladora embestida que la esperaba. Pasó un segundo, y en ese segundo
cientos de eventos ocurrieron, algunos ocurrieron tan rápido que no se pueden
describir en este relato; mas hubieron otros, como el levantamiento de la
bestia, o como la explosión e instante desaparición del bazo, o bien el vuelco
en los ojos o la decadencia del peso en el corazón, también estuvo el rodaje de
la pezuña y la combinación de olores fétidos que existieron durante una
fracción de aquel segundo.
Pasó un segundo.
Restaron dos dedos en el aire, levitando imperturbablemente y prorrumpiendo un
levísimo eco en forma de zumbido; una mujer colapsada, pagando desde ese
instante el precio de una decisión que le salvó la vida, pero le aniquiló la
inmortalidad; y una bestia que ahora estaba esparcida en más de ciento cincuenta
metros cuadrados.