Friday, 1 February 2013

Flux


Dos dedos se le habían rebanado por su inconsistencia y la vida que le resbalaba desde los orificios comenzaba a obnubilarle la cordura. Antes de eso, pero después de la liberación prima de la bestia, procedió remangándose e incorporándose después de la última embestida que le ocasionó una preocupación fuera de lo común para ella, pues ya estaba dejando de racionar un segmento de su intelecto, y por consecuente, de su concentración, hacia sus esfuerzos metódicamente ensayados en sus años escolares. Tan pronto como se remangó, sintió un escalofrío que le erizó la piel y comenzó a entrar en pánico; sin embargo, logró traslapar su adrenalina con su visión —eso lo aprendió en las lecciones para cazadores principiantes que encontró en varios libros que hurtaba de la biblioteca de su padre cuando era pequeña— y encontró unos frágiles ductos palpitantes en el lado izquierdo del grueso cuello de la bestia anteriormente mencionada, tenía cuatro patas musculosas y vigorosas, tres cuernos milenarios, uno de ellos salía de la parte superior de la cabeza y se enroscaba para cubrir la nariz espantosa que escondía un hocico demoledor de criaturas igual de aterrorizantes, los otros dos nacían por debajo de las orejas, estaban conectados directamente con el cráneo interior de esa bestia y se doblaban para dar dos vueltas de caracol y morir apuntando hacía enfrente.
—Serás mi presa el día de hoy —musitó entre dientes.
 Traspuso la visión adrenalizada hacia las yemas de sus dedos y sintió carnalmente el flux de sangre que apremiaba inconsolablemente dentro de las venas de aquel bruto como si fuera el aire que se aventuraba casualmente por aquel llano desierto. Ahora se sentía conectada con la bestia y eso la ayudó para apartar un poco de la confusión anterior.
Parpadeó tres veces para espantar la neblina invisible y levantó el brazo derecho con la palma apuntando a los cielos, el ágil movimiento regresó las mangas a lo alto de su muñeca para recaer a la altura del codo, comenzó a evocar una seguridad reconfortante que recorrió desde la punta de sus dedos hasta su pecho, pasando por todo el brazo derecho, el hombro mal herido de los cuernos puntiagudos de la bestia y sus pulmones que agradecieron el ritual. Al mismo tiempo que empujaba hacia el dedo índice y el pulgar de la mano izquierda esa energía que bebía su palma derecha, trazó en el aire un semicírculo con el brazo izquierdo, cerró el puño derecho para evitar un derrame innecesario y juntó los dedos índice y el pulgar mientras arrastraba el destino de su mano izquierda hacia el suelo, todo en ese orden; inmediatamente después, escuchó el aire romperse frente a ella mientras se alejaba el sonido ocasionado por sus dedos cada vez más hacia la faz de la bestia. Y cuando su rostro comenzaba a mostrar lo que parecía ser una sonrisa triunfante, la bestia multiplicó su potencia y moviendo su torpe cabeza, arremetió el sonido estrepitoso con sus cuernos, lo que desvió todo el conjunto de regreso.
Sólo pudo reprimir el fragor del quiebre del aire con otro sonido aun más alarmante, los gritos que explotaban junto con la sangre que derramaba su puño. Dos dedos, cayendo, llorando rojo y ella en el suelo apretando el puño derecho que emanaba un olor a gardenia enmohecida; la bestia apremiaba el paso y ya estaba a menos de diez metros, portaba una rabia altanera en los ojos que ya la perforaban en señal de guerra impávida. Cerró la boca y abusó de su último recurso, una urgencia que portaban todos los que se le asemejaban de nacimiento. Sintió en su corazón una carga ostentosa, como si le hubiesen puesto acero a sus ropas y mercurio entrase por su ventrículo izquierdo en lugar de hemoglobina.
Iren sancta magna… —murmuró por fin y sus cabellos comenzaron a flotar en una repulsión electromagnética proveniente de la tierra misma, del aire circundante, del movimiento en sus órganos, de su sangre reptante, de la radiación universal, incluso de los retortijones eléctricos de su cerebro. La pesadumbre era insoslayable. Ella ya no tenía control de sus pensamientos o de sus acciones, entonces su pierna izquierda se implantó firmemente en la tierra que le respondió con una delicada envoltura de polvo, se irguió enseguida y encapsuló sus dedos retorcidos en una burbuja de energía misma que los elevó y los mantuvo cerca de su hombro izquierdo; con la pierna derecha pateó la tierra suelta y ya algo mojada en una moción circular, lo hizo mientras la bestia recogía su inmensa cabeza en preparación de la arrolladora embestida que la esperaba. Pasó un segundo, y en ese segundo cientos de eventos ocurrieron, algunos ocurrieron tan rápido que no se pueden describir en este relato; mas hubieron otros, como el levantamiento de la bestia, o como la explosión e instante desaparición del bazo, o bien el vuelco en los ojos o la decadencia del peso en el corazón, también estuvo el rodaje de la pezuña y la combinación de olores fétidos que existieron durante una fracción de aquel segundo.
Pasó un segundo. Restaron dos dedos en el aire, levitando imperturbablemente y prorrumpiendo un levísimo eco en forma de zumbido; una mujer colapsada, pagando desde ese instante el precio de una decisión que le salvó la vida, pero le aniquiló la inmortalidad; y una bestia que ahora estaba esparcida en más de ciento cincuenta metros cuadrados.