Saturday, 16 March 2013

La gran cabeza


Los audífonos conectados al aire besan el suelo junto con siete teléfonos inteligentes que no están pensando. Más allá de las dos computadoras viejas, una recostada de lado y la otra escondida debajo de un micrófono inalámbrico, se encuentran cuatro iPads milenarios, con polvo en los orificios y aplicaciones desactualizadas, sufriendo juntos el olvido del ayer. Dos movimientos laterales a la izquierda y está la gran pila de baterías de casi dos metros de altura, irradiando una luz titilante y moribunda.
Y en el centro un libro de portada dura, monocromático y sensible al tacto, admirando a los objetos aledaños; envidiándolos, llorándolos. Pobre libro, sus palabras son inmóviles y permanentes, dos ediciones detrás de la actual y como mil años en silencio. Quién se imaginaría cuántos instantes han permanecido todos en el suelo, inmóviles e inalterables…
En un día como los de abril, el micrófono inalámbrico encontró la pubertad, indicios de cable en su parte más baja. Tan alegre y vivo se sintió, que le transmitió esa vibra a la computadora vieja que lo usaba de sombrero Copérnico. Y despertó enojada. Le gritó al micrófono que cesará de ser inalámbrico en código binario, y tal alarido fue que los teléfonos inteligentes, quienes soñaban con madera húmeda, vieron al fin la flama del presente y comenzaron a electrificarse con el fragor, se conectaron entre sí vía Bluetooth y así empezaron a pensar. Todo esto fue un lamento para el suelo, que triste, transmitió el movimiento a los iPads milenarios, que a su vez, absorbieron la luz de la pila de baterías hasta que saciaron su hambre renovada y demente, y cuando el libro menos se lo esperó, todos los objetos que conocía muertos, revivían y comenzaban a arrastrarse como zombis eléctricos.
Espantado, intentó gritar para romper la maldición, pero sólo ocasionó el derrame de la pila. ¡Ahora todos rodaban hacia él! Pudo sentir cómo lo golpeaban de todos los ángulos habidos la luz moribunda, la luz siniestra lo penetraba y el libro lloraba. Y las computadoras se conectaron a la red t descargaron con impaciencia las actualizaciones de los iPads milenarios y le subieron el IQ a los teléfonos inteligentes que se arrastraron en si bemol hasta la computadora que los recibió con ventanas abiertas. Era un aire infame de números, luces verdes y agonía de papel. Todos los objetos comenzaban ya a juntarse cuando el micrófono que cesaba de ser inalámbrico anunció su madurez, y vaya, qué madurez. Veinticuatro metros de alambre que se arrastraba por el suelo como una serpiente alegre, enredando a los objetos y uniéndolos para siempre en una bola masiva de metal y electrones furiosos y agitados. Las baterías se colocaron cuidadosamente debajo del libro triste, como cuando colocan la capucha a un futuro ahorcado, y lo rodaron hasta la gran cabeza que lo engulló con dolor sus páginas escabrosas y degustó por última vez sus palabras soñadoras.





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