Los audífonos conectados al aire besan el suelo
junto con siete teléfonos inteligentes que no están pensando. Más allá de las
dos computadoras viejas, una recostada de lado y la otra escondida debajo de un
micrófono inalámbrico, se encuentran cuatro iPads milenarios, con polvo en los
orificios y aplicaciones desactualizadas, sufriendo juntos el olvido del ayer.
Dos movimientos laterales a la izquierda y está la gran pila de baterías de
casi dos metros de altura, irradiando una luz titilante y moribunda.
Y en el centro un
libro de portada dura, monocromático y sensible al tacto, admirando a los objetos
aledaños; envidiándolos, llorándolos. Pobre libro, sus palabras son inmóviles y
permanentes, dos ediciones detrás de la actual y como mil años en silencio. Quién
se imaginaría cuántos instantes han permanecido todos en el suelo, inmóviles e
inalterables…
En un día como los de
abril, el micrófono inalámbrico encontró la pubertad, indicios de cable en su
parte más baja. Tan alegre y vivo se sintió, que le transmitió esa vibra a la
computadora vieja que lo usaba de sombrero Copérnico. Y despertó enojada. Le
gritó al micrófono que cesará de ser inalámbrico en código binario, y tal
alarido fue que los teléfonos inteligentes, quienes soñaban con madera húmeda,
vieron al fin la flama del presente y comenzaron a electrificarse con el
fragor, se conectaron entre sí vía Bluetooth y así empezaron a pensar. Todo
esto fue un lamento para el suelo, que triste, transmitió el movimiento a los
iPads milenarios, que a su vez, absorbieron la luz de la pila de baterías hasta
que saciaron su hambre renovada y demente, y cuando el libro menos se lo esperó,
todos los objetos que conocía muertos, revivían y comenzaban a arrastrarse como
zombis eléctricos.
Espantado, intentó
gritar para romper la maldición, pero sólo ocasionó el derrame de la pila.
¡Ahora todos rodaban hacia él! Pudo sentir cómo lo golpeaban de todos los
ángulos habidos la luz moribunda, la luz siniestra lo penetraba y el libro
lloraba. Y las computadoras se conectaron a la red t descargaron con
impaciencia las actualizaciones de los iPads milenarios y le subieron el IQ a
los teléfonos inteligentes que se arrastraron en si bemol hasta la computadora
que los recibió con ventanas abiertas. Era un aire infame de números, luces
verdes y agonía de papel. Todos los objetos comenzaban ya a juntarse cuando el
micrófono que cesaba de ser inalámbrico anunció su madurez, y vaya, qué
madurez. Veinticuatro metros de alambre que se arrastraba por el suelo como una
serpiente alegre, enredando a los objetos y uniéndolos para siempre en una bola
masiva de metal y electrones furiosos y agitados. Las baterías se colocaron
cuidadosamente debajo del libro triste, como cuando colocan la capucha a un
futuro ahorcado, y lo rodaron hasta la gran cabeza que lo engulló con dolor sus
páginas escabrosas y degustó por última vez sus palabras soñadoras.
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