Lo cierto es que a
veces me da una melancolía terrible. Me aguanto las penas y los sufragios de la
vida superficial, pero si me da este episodio, comienzo a sudar helado de tanto
hueco que hay adentro. Si recaigo en los anzuelos de tremendo acontecimiento,
si comienzo a embobarme entre fotografías y recordar las risas, las caricias,
las alegrías, entonces sí estoy deshecho y ceso de ser por un momento para
transformarme en la sombra de quien fui, siguiendo la luz del pude ser. No soy
quien fui, y quien fui se fue a vivir a otros lados, dejándome en la
inconsistencia de mis pasiones recordadas. Pero todo esto, amigos, se olvida y
se destroza bajo la magnitud de esta melancolía, tan fuerte se aferra que el
tiempo pasa y sigo yo navegando en la inexistencia de mis lagunas emocionales.
¿Para qué tanto recuerdo? ¿No era el propósito vivir y olvidar, ser el presente
y nada más?
De tal manera que sigo
enrarecido conmigo mismo. ¿Quién soy yo para romper mis propias reglas de no
dejar dolores supervivientes? Con qué elegancia se presentan los anzuelos,
simples objetos errantes de mi vida diaria, el comentario fuera de lugar de
algún conocido, la fotografía que sale en el celular de hace años, el correo
que no encuentras en el gmail al darle búsqueda avanzada, pero bien que salen
los mensajes pendejos de amor sin terminar. Cada día me espanto más, creo que no tengo opción
más que seguir dejando estos anzuelos durante mi vida; tengo un huracán detrás
de la puerta de mi patio y cuando se asoma siempre me lleva con él.
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