Me moriré. Algún día, sin duda, dejaré de ser.
Pero si me muero que valga la pena. Que caigan los truenos resplandecientes sobre mi existir. Si me muero que me entierren. Que la tierra me trague y me regrese a sus cimientos. Que los gusanos se embriaguen con mis tejidos por meses y que los hongos me reclamen dentro de sus intricadísimas redes subterráneas.
Si me muero, que se me vayan todos los dolores y placeres. No será difícil, porque ya he olvidado muchos. Que se apaguen las luces en todos los rincones de mi consciencia y que mi gente me mantenga vivo en sus recuerdos. Y en estos textos que tanto exprimo con simbolismos de mi huella. Estaré muerto. Sin movimientos ni pensamientos. Sin respiros ni ilusiones. Una persona más en esta masa humana que mantenemos a pesar de todos los estragos. Si me muero que mis días hayan ilusionado a otras mentes. Ojalá que haya servido para los que amé. Pero cuando muera, ¿quiénes quedarían? De mis favoritos, ¿cuántos ya habrán cesado? ¿Se habrán arrepentido de algo antes de irse? ¿Habrán dejado sus cuerpos con inercia? Y los que sí estarían, ¿les doleré? ¿Me resentirán? Espero que no.
Si me muero, déjenme en paz, pero no solo. Mantengan mi voz si ha de seguir resonando. ¿Valdrá algo? Entre tantos algoritmos y mentes artificiales, quizás mi voz sea innecesaria: irresoluta. Quizás ya lo es, o siempre lo fue. Y entonces, si me muero, ¿para qué viví? ¿Para mí? Ahí está la clave. Si viví para mí, viví para otros, porque mi bienestar depende de quienes desconozco. Y la de ellos depende de mí. Por ahora, que tengo vida.
Pero muerto, me detengo para toda la existencia de este ilimitado universo. Mis añoranzas de un futuro que existe y existirá gritan vivaces en este instante y llegan hasta el fin. Hasta que el último hoyo negro se desintegre en su radiación oscura y todo perezca en silencio. Si me muero, este futuro también se me desvanece. ¿O no? Ahora que te escribo, lo conoces. Ahora que lo explico, mi futuro se estampa en un mundo virtual que hemos diseñado para después. Quién sabe cuánto tiempo existirá mi voz una vez que ya no exista. Soy un molusco en su caparazón, exasperado con los alborotos de allá afuera.
Aquí te dejo, dando honores póstumos a todos ustedes, los que se han muerto.
Si me muero, me uno a ese silencio comunal que tanto respetan, mis compatriotas universales.
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