Déjenme ser
miserable.
Si estoy resbalando,
déjenme caer.
Dejen que
sienta el ardor de cada día insufrible.
Véanme ir,
pero no intervengan.
No me
detengan, déjenme doler tantito.
Voy corriendo
tan rápido que tropiezo,
y quiero
sentir ese vuelco en el alma.
Todo es culpa
de mi propia decisión.
Dejen que lo
entienda, escuchen mientras grito,
pero eviten
contactarme. No quiero intervenciones,
quiero sentir
el calor de mis errores.
Que se
impregnen en mi mente.
Que se tiñan
de mi piel.
Que me
empujen hacia la locura
de la más
viva emoción.
Déjenme ser
miserable.
Ya no veo tan
lejos como antes.
Dejen que
estalle contra mis paredes invisibles.
Que me
levante solo, cuando pueda, si es que debo.
Que se me
caigan las uñas de tanto escarbar en lodo.
Que se me
quemen las pestañas de tanto llanto
y tomen nota
de aquello.
Déjenme
enroscarme y achicarme,
volverme tan
pequeño como un insecto arrepentido.
Dejen que
vuelva, dejen que rechace,
no me
abandonen,
sólo otórguenme
un silencio minúsculo
mientras me
acostumbro a estar sin ella.
Dejen que mi
sueño adolescente me alcance,
que me exija
ser honesto,
que me
aviente hacia el debate entre ustedes, los otros,
y lo mío.
Déjenme ser
miserable.
Un momento, un
instante.
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